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martes, 10 de marzo de 2015

Necesidades y satisfactores

Si nos preguntaran ¿qué son las necesidades y los satisfactores?, no habría ningún problema a la hora de resolver esa duda, ni al explicarla con palabras, ni al pensar en un ejemplo. La dificultad está cuando nos quieren hacer creer que las necesidades humanas son infinitas. Además, esto que estamos diciendo se potencia porque en la sociedad del consumo loco, para vender más y a cualquier precio, es imprescindible confundir las necesidades y las formas de cubrir esas necesidades (los satisfactores).


 Las necesidades humanas son más o menos universales (para todas las personas son igual), lo que cambia es cómo las cubrimos (satisfacemos). Esas necesidades son:

-subsistencia (por ejemplo: salud, alimentación, trabajo, etc.).
-protección (por ejemplo: cuidados y cuidar, autonomía, familia, etc.).
-afecto (por ejemplo: amistad, respetar y ser respetado, espacios de encuentro, etc.).
-entendimiento (por ejemplo: crítica, intuición, estudiar, probar cosas distintas, meditar, etc.).
-participación (por ejemplo: proponer, decidir, dialogar, etc.).
-Ocio (por ejemplo: humor, relajarse, divertirse, etc.).
-creación (por ejemplo: pasión, voluntad, trabajo, tener ideas, etc.).
-identificación (por ejemplo: diferencia, pertenecer a algo, valores, etc.).
-libertad (por ejemplo: justicia, igualdad, fraternidad, sororidad, etc.).

Además, a la hora de satisfacer una necesidad hay que tener en cuenta que lo que pienso, siento y hago sea coherente. Si las necesidades humanas son casi las mismas para todo el mundo, los satisfactores (la forma de cubrir esas necesidades) son muchas; dependiendo de nuestro contexto social y cultural, pero también de nuestra creatividad, de nuestras posibilidades, habilidades y sentimientos.

Un satisfactor puede cubrir varias necesidades. Para que se pueda entender mucho mejor, vamos a dar un ejemplo que nos puede ayudar: el darle pecho a tu hijo/hija, puede hacer que la criatura satisfaga las necesidades de subsistencia, afecto, protección e identificación.


Puede ocurrirnos que confundamos una necesidad con un satisfactor, es lo que pasa, por ejemplo, cuando decimos “necesito un coche”, estamos diciendo que el coche es una necesidad, sin embargo, es un satisfactor, lo que ocurre pensando de esta manera (coche = necesidad) es que:

1. No podamos tener un debate sobre cómo conseguir cubrir nuestras necesidades.
2. Que caigamos de lleno en el consumismo compulsivo.

La confusión sobre el coche nos trastorna: ¿nos compramos un coche porque necesitamos cubrir nuestra necesidad de subsistencia, tener como transportarnos? O porque necesitamos cubrir nuestra necesidad de afecto (ligar) y/o identificación (ser reconocido por personas con un estatus social determinado).

Si tuviéramos claro qué necesitamos podríamos pensar cuál es la mejor manera de satisfacerlo, porque puede ocurrir que para subsistir tengamos un trabajo y pensemos que con un coche vamos a ahorrar tiempo y luego tengamos que trabajar más tiempo para pagar el coche y así tener menos tiempo que al principio, y por lo tanto, estar mucho más agobiados que cuando pensamos en comprar un coche para tener más tiempo.



Debemos también decir en este punto que sugerimos no hablar de pobreza, sino pobrezas en plural. Cuando se dice en singular, nos estamos refiriendo exclusivamente a la situación de aquellas personas que pueden clasificarse por debajo de un determinado nivel de ingreso. Por eso cuando hablamos en plural de las pobrezas no es sólo y únicamente una cuestión económica, es decir, de tener/conseguir más o menos dinero al final del mes, así que podemos decir que cualquier necesidad humana fundamental que no es adecuadamente satisfecha revela una pobreza humana. La pobreza de subsistencia (por ejemplo, debido una alimentación y abrigo insuficientes); de protección (por ejemplo, estar expuestos a cualquier forma de violencia o perder nuestra autonomía por tener que depender de las ayudas del gobierno, etc.); de afecto (por ejemplo debido al autoritarismo, la opresión, las relaciones de explotación con el medio ambiente natural, etc.); de entendimiento (por ejemplo, debido a la deficiente calidad de la educación); de participación (por ejemplo, debido a la marginación y discriminación de mujeres, niños y minorías); de identificación (por ejemplo, debido a la imposición de valores extraños a culturas locales y regionales, emigración forzada, exilio político, etc.) y de libertad (por ejemplo, debido a la coacción y la opresión, a la concentración del poder, a la falta de espacios de relación, etc.).

Para seguir http://ilusionismosocial.org/mod/resource/view.php?id=167

viernes, 27 de febrero de 2015

Estratégias de autogestión en el Grand-Yoff. Serge Latouche

Esa presencia obsesiva del dinero, ese comercio constante y perpetuo, ese desarrollo prodigioso de todas las actividades en el corazón del mundo de  náufragos, ¿no  son  la prueba  de la generalización de las relaciones  mercantiles y de  la existencia  de  una  verdadera economía invisible?  El dinamismo que  muestran los excluidos del desarrollo mimético, las actuaciones reconocidas del sector informal en  materia de empleo  y los resultados satisfactorios de sus  ingresos,  ¿no  son  la señal  de  otra  economía, incluso   más  importante, que   deberíamos tener  en  cuenta? El  éxito  incuestionable en  términos de ganancia y crecimiento de algunas personas  en  lo informal -incluso según  los criterios  de la economía oficial  y ortodoxa-, y allí mismo donde las empresas clásicas  (occidentales o públicas)  han  fracasado, ¿no  revela la existencia  de una  verdadera gestión a la africana? Contrariamente a las imágenes estereotipadas, los que  practican  lo informal no son necesariamente indigentes. Con  el humor típico de los africanos, a un barrio  de Grand-Yoff  lo bautizaron «barrio  millonario» porque entre los primeros ocupas se encontraban joyeros acomodados. También se encuentran auténticos millonarios.



¿No  residirá  el desarrollo imposible de África en esta mina? Sistematizando, trasladando y apoyando esas experiencias de autogestión, con apoyo técnico, financiero y normativo, pasaríamos del apaño y el bricolaje  a la industria de pleno rendimiento?.

Esta interpretación de la «economía informal» cada vez está más respaldada  por los grandes organismos internacionales, como  el FMI,  el Banco Mundial u organismos de cooperación como la Caja Francesa para el Desarrollo. También  lo está, salvando  las distancias,  por la mayoría de ONG de desarrollo, así como por numerosos centros de investigación, académicos  y estudiosos. Pero esta interpretación, a pesar de sus aciertos, no es la más exacta ni la más interesante. En lo informal  no estamos en una economía, aunque sea otra, sino que nos encontramos ante otra sociedad. Lo económico no tiene una autonomía propia, si no que encaja en lo social, en especial en las redes complejas que estructuran esos suburbios. Es por eso que los términos  de aeconomía neoclánica  o de sociedad vernácula se ajustan  más a esta realidad compleja  y mutante. Es una interpretación  personal  que  muchas  veces ha sido mal comprendida o no se ha tomado demasiado en serio porque se considera  una hipótesis insuficiente y con tintes de romanticismo.

Es evidente que  la diversidad  de lo informal parece dar la razón  a los intérpretes economistas: omnipresencia del dinero, intercambio de mercancías, existencia  de algunos aspectos negativos, desde la subcontratación más mezquina a los contrabandos más mafiosos...  La sociedad  vernácula no es ni mucho menos  un  retorno  al Paraíso.  «Detrás de la máscara  de una  convivencia  aparentemente armoniosa -señala Werner- existen conflictos  que,  si bien  pocas  veces desembocan en agresiones abiertas,   suscitan   prácticas   mágico-religiosas  (como  por ejemplo el liggeey, o a través de marabouts).» Pero por dramáticas que sean las derivas de brujería y los riesgos de anomia, continuamos alejados de la lógica mercantil.

Tenemos  que  repensar  la relación antagónica de lo informal  y de lo económico para resolver las claves de esta batalla, así como profundizar en los análisis  del encaje de lo económico en lo social. Este cambio  de significado  sólo lo obtendremos a partir  de una  aproximación global al fenómeno, y no a través de casos individuales. Por eso en el siguiente análisis siempre  tendremos presente  este acercamiento global.



Para continuar http://ilusionismosocial.org/mod/resource/view.php?id=596

jueves, 26 de febrero de 2015

Los comunes, lugares de resistencia. Gustavo Esteva

LOS COMUNES: NI PÚBLICOS NI PRIVADOS

Pese a su ubicuidad, los comunes no son fáciles de definir. Aportan sustento, seguridad e independencia, aunque –en lo que muchos occidentales creen ver una paradoja- propiamente no producen mercancías. Además, a diferencia de la mayor parte de las cosas en las sociedades industriales modernas, no son ni privados ni públicos: ni granjas comerciales ni colectivizaciones comunistas, ni firmas comerciales ni empresas de servicio público. Tampoco suelen estar abiertos a todo el mundo. La comunidad local es la que, de forma típica, decide quién los usa y cómo se usan.



La ilimitada diversidad de comunes también hace esquivo el concepto. Mientras que todos los regímenes comunales suponen un uso conjunto, lo que define su acceso a ellos es desconcertantemente variado: por ejemplo,  bosques, selvas, tierras, minerales, agua, peces, animales, lenguaje, tiempo, longitudes de onda de radio, silencio, semillas, leche, anticonceptivos, calles....

Por encontrar algún orden en todo eso, algunos teóricos mantienen que los comunes son “recursos respecto de los cuales la exclusión es difícil” y para los que no vale la pena establecer límites, o bien aquellos que “son necesarios para todos pero cuya productividad es más difusa que concentrada, de rendimiento bajo o impredecible”. Por ejemplo, las marismas de inundación estacional en Borneo, las parameras inglesas o las zonas de matorral españolas. Aunque también se tratan como comunes tierras de cultivo de menor extensión, más fácilmente divisibles y de mayor productividad. En Laos y Malasia, así como en Etiopía y en muchas partes del África actual, la comunidad asigna tradicionalmente parcelas a sus miembros, manteniendo en cualquier caso la autoridad para redistribuirlas si no se usan para su sustento. En tales casos de usufructo, el derecho comunal puede definirse como un derecho no sobre la tierra, que sigue siendo de la comunidad, sino sobre los frutos de esa tierra durante un cierto tiempo.

Otros teóricos sugieren que los comunes son recursos usados en común cuyo empleo por una persona puede sustraerlos del bienestar de otras, y que, por tanto, están potencialmente sujetos a rapiña o degradación. Si bien esto puede ser cierto para muchos casos, otros no son ‘sustraíbles’ en ese sentido, como la diversidad genética o los conocimientos anticonceptivos (por citar solo dos ejemplos de ‘recursos’ comunales habituales).

Para continuar http://ilusionismosocial.org/mod/resource/view.php?id=595